Decálogo
el número maldito de las cosas de los jueves
Estar solo muchos días no me viene bien. Reviso como un obseso todos mis pasos. Es en lo único que pienso. Es una obsesión tan fuerte que me impide dormir. Reviso, reviso, reviso. Intento entenderlo todo. Escarbar. Si es cierto aquello de que todo está en el interior…
2016
Me enamoro de un hombre y el hombre resulta estar enamorado de otro. Lloro, peno, pienso en la muerte. Me dirijo directo y sin frenos a un momento apocalíptico que mi mente sólo puede entender como un espejo en el que se refleja el fin del mundo. No leo. Mis amigas me miran con indiferencia cuando vomito la verdad sobre ellas. Mi madre, en cambio, deja de hablarme durante dos meses. El silencio está bien, mi amor se dispersa y otro hombre me envía una carta y un poema: no contesto porque estoy roto. Todo termina encajándose en mi interior y me descubro como un puzzle infinito en el que cada vez que se llega al borde, es el mismo borde el que se dispersa. Vallecas es un hogar y las casas okupas en Madrid siguen abiertas: bebo cerveza y dejo de fumar, al menos entre semana. Bailo los viernes y los sábados, me desenamoro y los hombres se convierten en un objeto absoluto de deseo. Todo está bien. Escribo poemas, intento que alguien quiera que otros lean mis poemas y no lo consigo. Nunca consigo nada. Toco la guitarra y mi madre vuelve a hablarme: no me pide perdón, no todavía. Pienso en que mi futuro es del color de una pastilla, no blanco, no hueso.
2017
Me he equivocado. Intento justificarme conmigo mismo e intento virar el barco y mi cuerpo, porque no quiero que el color de mi vida sea pastilla-blanco-hueso. Pero me paralizo. Es la primera vez que me paralizo. Mis ojos se mantienen en un punto fijo y descubro un futuro ya escrito. Así que avanzo, claro, sigo, sigo, sigo… Y me olvido, durante unos instantes, de que me he equivocado. Mi madre me habla y yo me vuelvo enamorar: ella sólo tenía miedo y yo sólo tenía un secreto. Me doy cuenta de que todos los años de mi vida me enamoraré. También pierdo muchas cosas. Hablo, abro la boca y pierdo: veo cómo unos lugares de carne y un millar de kilómetros se alejan asegurando que nunca volverán. Sé que cumplirán su promesa. Mi amor ahora tiene la cara de un niño asustado y un cuerpo griego. Mi amor se disfraza de cuerpo griego y yo le digo que no necesita el disfraz. Por un segundo, quizás unos días, siento algo: todo lo que quiera conseguir, mientras nazca de mí, lo conseguiré. Parece que la vida sonríe. Hago un tiramisú a la semana.
2018
El amor se muere. Casi me quedo sin amigas. Vuelvo a un pozo extraño. Tengo sexo con un hombre que me mira con terror a la mañana siguiente. ¿Es que no te acuerdas de todo lo que me dijiste? Las palabras que no digo me persiguen. Camino por Madrid y camino por Vallecas y pienso que ninguno de los dos lugares me pertenece. Me he equivocado, pero ya no me justifico. Huyo de las palabras. Soy más rápido que ellas. Empiezo a mirar mi cuerpo como un ente extraño. ¿Estos, de verdad, serán para siempre mis huesos? Mi brazo es demasiado fino, mis piernas demasiado débiles, mi pecho se inunda hacia dentro y como pierda un kilo más, la piel que cubre el centro de mi esternón dejará que se note la forma exacta de mi corazón. Así que huyo. Huyo legalmente, sin que se hagan preguntas, me voy a estudiar lejos y como todos los años, me enamoro. El amor dura poco y me descubro: coloco nuevas piezas de un puzzle que nunca terminaré: me doy cuenta de que soy débil. Hay niebla, arrepentimiento, un día concreto lloro durante horas y echo de menos un millar de cosas que pertenecen a un pasado que no dejará de serlo y que se volverá, año tras año, algo cada vez más lejano. Tengo un sueño: creo que si me esfuerzo, alcanzo a rozarlo con las yemas de mi mano. Escribo el sueño. Empiezo a escribir. Hay algo más entre las letras que ya no son poesía. Dejo de estudiar y sólo escribo. Dibujo los personajes que escribo. Me emociono, pienso, ¿será está la vida que siempre he soñado? Pienso en que mi futuro se mancha con los tonos exactos de un bolígrafo de tinta azul.
2019
Hacía años que no tenía esta sensación: ya no es el esternón el que quiere enseñarme los contornos de mi anatomía, sino la propia anatomía la que necesita escaparse. El corazón bombea tan rápido la sangre que la sangre se pierde, se ahuyenta, huye de mi cerebro. Me desmayo en las escaleras de la basílica de la Santa Cruz. Un chico del que no enamoro, porque todavía no me toca enamorarme, me dice que eso fue lo que le ocurrió a Stendhal. Pero a mí no me ha impresionado el arte. Yo me he quedado sin respiración, he sentido el suelo quebrarse, los brazos ocultos de la Tierra reclamándome, en fin: la muerte. Me bebo dos cafés, vomito y me recompongo. El año sigue y a mí se me olvida que pensé en un futuro de tinta azul, así que también se me olvida escribir. Me inundo en un verano caluroso que intento evitar escalando hacia el norte. Y funciona, un poco, claro, las luces son más tenues y reconozco que algo del camino, quizás las piedras o quizás los carteles, está torcido. Me duelen los pies a cada paso. No dejo de pensar en que mi futuro no puede ser blanco-no blanco-hueso, pero tampoco azul. Vuelvo a escribir. Me felicitan por mis textos. Un hombre por correo me dice que siga, siga, siga… Pero yo no sigo. Me freno. Soy débil.
2020
El amor llama a mi puerta tan fuerte que la puerta se rompe y la madera se transforma en astillas que se clavan en mis ojos. No veo, estoy ciego y la ceguera es justo la transfiguración física de este amor. Me encierro y durante el encierro me doy cuenta de que mi cuerpo no iba a ser mi cuerpo para siempre. Creo un cuerpo nuevo y me gusta la sensación de haber dejado atrás lo indestructible: el puzzle arde con todas sus piezas. Clamo un lugar del puzzle, lo hago mío, soy un artesano de las maderas de esta vida y aunque no haya podido evitar las astillas, con mis manos y un pedazo de anhelo del que no conozco el origen tallo los bordes justos, los vértices exactos, y extraigo del caos infinito un pedazo, sólo uno, de cordura. Y todo el mundo me lo dice. El miedo da paso al brillo de un sol inmenso y nunca estuvieron tan verdes las hojas de los árboles. Será la muerte, que las nutre. Sigo escribiendo y sigue un hombre diciéndome que escriba. Pensé que había dejado de escribir. El amor ha entrado y parece que se queda, que reposa en mí, que me ofrece la calma de los bordes de pieza de puzzle creada. Duermo en él y aunque estoy ciego las luces centellean. Termina un error primario, el túnel del error se abre, se bifurca: ahora tengo otra oportunidad.
2021
La vida se desata. Lo quiero cumplir todo. Dinero, casa, coche. Estabilidad. Necesito sentir que las riendas del mundo son mías: al menos las de mi porción de tierra. No lo puedo conseguir, lo sé, pero todo lo demás, lo reservado a la fantasía, está aún más lejos que el sueño de dos clavos que aferren mis pies a un trozo de piedra. Eso está más cerca. El amor se mantiene y un nuevo dolor comienza a emerger de las profundidades en las que se originan todos los horrores. Vallecas cada vez es más pequeño, Madrid cada vez es más hostil y ya no existen aquellos lugares en los que antes, durante unos instantes, éramos felices. Pienso en cuántas veces me he reído de las frases de felicidad y libertad y cómo ahora, en secreto, las recito para calmarme. Fui, fui, fui… He llegado al futuro y una vez alcanzado sólo queda volver hacia atrás. Entiendo el presente como un momento inexistente. Un espacio cuántico, una caja y un gato, un lapso que se difumina si no lo miras y que está en constante cambio y que es imposible de alcanzar. Agua, que recoges con las manos y que se vierte nada más abrazarla. Ahora, desde aquí, ese lugar en el que quizás siempre me imaginaba, lo entiendo.
2022
Una crucifixión de la que me salvaguarda la gente a la que quiero me ocurre. No pierdo sangre, sólo ganas. Me alejo de un sitio y me dirijo a otro en el que me reciben con los brazos abiertos: desde el futuro en el que entonces sabía que me encerraba, mi presente, escribo sobre ello. Pero todo parece estar bien. El amor se mantiene y se expande. Me vuelvo a enamorar ya estando enamorado. Siempre ocurre. Los días se mantienen constantes y bellos y momentáneas apariciones de fantasmas hacen que se me salten las lágrimas. Luego no saltan, sino que se tiran. La fusión de un millar de sueños en una amalgama paralítica se anuda en mi garganta, está a gusto ahí, hace calor y lo adopta como su nuevo hogar. Ni trago ni como. Camino, camino, camino… Y escribo y casi gano algo. Recibo muchas entradas de cine como premio de consolación. Pienso: esto es lo único bueno que podré decir de este año. Pienso: hasta aquí llegaré con la fantasía. Descubro que existe la alta y la baja fantasía y me vuelvo a obsesionar con Dante Alighieri y la Comedia. Recorro sus pasajes y comienzo a desmigajar la historia de un ente para reconstruirlo en otro con mi cara. Pienso en que mi futuro no puede ser así, gris y de madera pobre, pero mi futuro ya no existe. Me duermo sin pensar en nada y cuando me levanto no miro a ningún lado.
2023
Se muere el faro y se rompe el corazón. Pierdo todo. Me hundo, lloro, la Muerte ha llegado para quedarse y ya no quiero pensar en que en algún momento quizás la quise. Ocurren los dolores más profundos y unas heridas honestas y tajantes se abren para no cerrarse nunca. Están ahí, donde antes pensaba que mi corazón quería moldearse hacia fuera de mi cuerpo. Todo es negro y tomo pastillas. Las luces hacen que me duela la cabeza, pero no paro. Me mantengo en la rueda de la producción absoluta y sólo lloro en los hombros de dos personas: con el resto, sonrío. Los ojos me brillan, tengo sexo con infinidad de hombres, cojo un par de infecciones de transmisión sexual. Los deseos más oscuros renacen y colapsan mi bulbo raquídeo, se esparcen y parasitan todas y cada una de mis células. Se ha muerto el faro y se me ha roto el corazón. Creo que me enamoro, pero es falso: sólo necesito que alguien duerma a mi lado. Vuelvo a fumar y lo hago a escondidas. Bebo constantemente. Las semanas son una serpiente de colores negros que se enrosca en mis piernas. Los días festivos son un universo que a la mañana siguiente olvido. En el sitio más oscuro, pienso en que mi futuro no puede ser así. Mi futuro se vuelve entonces un campo verde repleto de flores: amapolas, quizás, o algo parecido. Escribo con fuerza y durante varias noches tengo el mismo sueño en el que la Tierra, sin motivo aparente, se para.
2024
Aterrizan en mí un amor sincero y una maldad profunda. El amor me aturde y me da miedo: la terapia psicológica me calma. Vivo un duelo, pero sé que soy un puzzle y que como puzzle sólo puedo seguir creciendo. El amor es puro, alto y bello. La maldad profunda me acecha y me hace entender que después del dolor hay otros dolores a los que no les gusta la espera: te asaltan sin más, sin pensar en que quizás no era su momento. Pero mi futuro es verde y está lleno de flores, así que camino y planeo. Voy paso a paso, duelen menos, un animal me maúlla y se come la serpiente que se empeña en cortarme la circulación de las piernas. Para que no caminessssssssss, me sisea. El año es lento y yo lo prefiero. Voy muy despacio y voy mirando una a una todas las piezas que he colocado. Ninguna está en el mismo sitio que estaba cuando empezaron. Me extraña, claro, porque yo mismo labré los bordes de esas piezas. Pero el amor y la maldad siguen ahí, luchan, se encaran, tiran de mí hacia un lado y hacia el otro, me zarandean y me quieren: me piden, con sus diferentes lenguajes, que me quede. Yo voy yendo de un lado a otro, recuerdo cuando el futuro era blanco y azul y después gris y siento que donde estoy, existen todos esos colores. Me olvido del verde. Me caigo de nuevo, pero el amor me recoge. Vuelvo a estar enamorado. Odio que no pueda ser yo mismo el que se recoja, que no puedan convivir con el amor mis brazos. Pienso esta vez en el presente y me doy cuenta de algo: hay cosas de él que no quiero.
2025
Me deshago de la maldad profunda. Me la quito como un abrigo sucio y mojado. Como si llevase caminando bajo la lluvia durante años. El abrigo pesa, me lo quito pero lo llevo colgado del brazo: por ahora, quizás, es que no tengo dónde dejarlo. Los días son tan luminosos que me ciegan y el presente está modificado. Lo vivo ligeramente, de puntillas, con miedo a hundirme en él. El presente es la entrada a un agujero negro que me estira hasta el límite de mis fuerzas. Me ahogo en las fuerzas del presente porque hace demasiado tiempo que no sabía que podía vivirlo. Pero está ahí, este presente: tiene libros, caras nuevas, días fríos, películas, mantas, una casa con dos balcones, libertad, un millar de millares de millones de palabras escritas, fotografías, acuarelas, amigas, vermuts a los que llaman especiales sólo por no servirlos en un vaso, dibujos, un coche, países, iglesias, un campo inmenso que no se contenta con acabar ni tan siquiera más allá de la propia vista, ruinas, gatos, aves, prismáticos, una mesa con decenas de cuerpos, césped que nunca estará recién cortado, zapatillas nuevas, una manta, botellas de vino, sexo y abrazos, más gatos, maullidos, miedo y esperanza. En el presente hay tantísimas cosas que creo que podría quedarme a vivir en él. Dejo de pensar en el futuro.
(…2026)
Llevo meses sin tener que hacer nada de lo que tendría que estar haciendo. Tengo miedo y dudas. Revisito desde la tranquilidad nunca vivida todos y cada uno de mis recuerdos. No los clasifico, pero los pienso. Intento trazar una línea que no me importa si no es recta que me lleve desde ellos hasta mí: intento trazar una línea que nos rodee a todos nosotros. Me cuesta vivir el presente. No quiero volver al pasado. Aún no he aprendido a mirar con firmeza —y sin pensar— al futuro.


Vivo, y vivo, y vivo... Cuánta belleza y dolor. Me ha encantado ❤️🔥