(¡CORTACUPONES! es una historia que empieza aquí)
Tengo un novio bajito y con los ojos juntos y pequeños. Me espera fuera con cautela y no entra al interior de la cueva, pero cuando salgo señala el cartel de la calle y me dice Ves como era una señal, porque en el cartel está el nombre de la última ciudad que visitamos. Yo sonrío, claro, por ahora todo está bien. Ella ha venido durante unos minutos para conocerme y me ha dado un abrazo que ha dejado manchado de base y maquillaje la mitad superior de mi chaqueta.
Nos sentamos a comer en el restaurante de al lado. Porque está bueno, le digo a mi novio bajito, y porque me lo ha recomendado una de las señoras del barrio. La señora no es Inés, a Inés todavía no la conozco, y este barrio en realidad no es un barrio, pero intento mimetizarme. Ahora siempre llamaré a esta zona de la ciudad como llamo a mi hogar y pasearé entre visones y perfumes caros con la cabeza tan alta como los cuellos sobre los que los rocían. Entraré a los locales, consumiré en los negocios, llamaré por teléfono y todas las voces que escuche dirán mi nombre. Si ocurre algo, lo arreglaré, porque este es mi sitio. Las señoras me recomiendan restaurantes que pruebo y en los que repito y escucharé durante años que este lugar siempre limpio es el barrio.
Al terminar la comida, la cuenta ya está pagada. A cargo de ella, me dice el camarero, pero no dice exactamente ella sino otra palabra que es la que me ata a su presencia. Es una palabra que ella no utiliza, Yo no la utilizo, me dirá un día, porque crea mucha distancia. En cambio, me contará el chico pequeño, aquí solemos decir que somos compañeros, amigos, incluso a veces se nos escapa nombrarnos como familia.
—Nos encanta tomar unas cañas después de cerrar, ¿verdad? —dice ella y él asiente, pero no entiendo, no todavía, por qué no la mira.
Agradezco la comida y la cuenta pagada. Todo muy rico, tal y como la señora de las recomendaciones dijo que estaría. Con la barriga llena de arroz y vino y amor por mi novio bajito, paseamos un poco hasta que vuelve a ser la hora de regreso al interior de la cueva. Había firmado un contrato de jornada continua, pero Ya sabes, dijo ella, a veces hay que hacer unos pequeños esfuerzos con recompensa. Me escurrió un sobre con doscientos euros en efectivo y me paga una comida. Me cuida, me valora, soy alguien. En el lugar del que vengo, el aséptico y blanco, nunca jamás fui alguien. Creo que la análoga a ella, a la que ahora no podría distinguir en una rueda de reconocimientos, que reinaba en aquel lugar nunca se supo del todo mi nombre. Decía las primeras letras desordenadas, creaba motes, diminutivos… Pero nunca, nunca llegaba a acertar.
Así que Qué más da hacer unas horas de más, ¿verdad? Eso le digo a mi novio bajito. Él asiente porque no tiene trabajo y porque le gusta que esté feliz. No le gusta verme mal, no lo aguanta, no sabe qué hacer con tanta tristeza. Una voz en mi interior, una voz que suena a futuro, me calma diciéndome que me tranquilice porque en los momentos malos él no estará. Y sí, es verdad, escucharlo me tranquiliza. Aunque no haya voz ni interior ni manera de contactar telepáticamente con el futuro, tener la certeza de que cuando este lugar se torne oscuro y hostil él ya no estará aquí es lo mejor que podría ocurrir en el día de hoy. Mejor que una comida gratis y que doscientos euros en efectivo que, ni ahora ni nunca, se incluirán en la nómina.


